Extravagancias. Una nueva categoría.

Me encanta este artículo: “Ocho emisiones que ningún gestor de Renta Fija debería incluir en una cartera.”

Me encanta.

1) Burrito bonds: los suscriptores recibían dividendos en forma de burritos.

Desde el tipo que entró en el Guiness por haber comido 26,000 Big Macs a lo largo de su vida, no me había encontrado con alguien tan entusiasta de una comida.

Y esta emisión de burrito bonds cuenta ya con 181 suscriptores, a una media de 3,700 libras esterlinas cada uno.

2) Los bonos de David Bowie, respaldados con las ventas futuras de los álbumes musicales cuyos derechos quería recuperar con este dinero.

Repito: ventas futuras de álbumes musicales. ¿En vinilo?

3) Bonos meteorito, la especialización suma de los bonos catástrofe. Entre comprar estos bonos y acudir al casino, la única diferencia que veo es que el casino suele invitar a copas y me parece algo más divertido.

Aunque puede tener algo bueno (modo ironic-on): sabemos que en Occidente la preocupación por los desastres naturales en países subdesarrollados no suele ser demasiada. Puede que el único modo de que nos conmuevan sea el haber apostado a que no se producirán y las pérdidas económicas que suframos si resulta que hay un monzón particularmente destructivo.

6) Los bonos “refugio”, que invierten en albergues para sin hogar, me parecen interesantes. Tengo que investigar algo más sobre su funcionamiento.

Las categorías 4) y 5) no me parecen inadecuadas per sé, es más, la 4) me gusta y creo que puede tener recorrido. Aunque suene contradictorio, cada vez estoy más convencido de que las iniciativas sociales se van a poder desarrollar mucho mejor…ofreciendo beneficios a la iniciativa privada que las complemente. Véase mi proyecto “La Segunda Oportunidad“, por ejemplo.

7) Casos fraudulentos, es evidente que no hay que invertir ahí. Sólo hay un problema: salvo casos como los de los sellos o cualquier otra evidente pirámide de Ponzi, no se puede identificar un caso fraudulento hasta que no estalla.

Es lo que tienen los defraudadores, que no incluyen datos de sus trapicheos en las memorias de las empresas, al igual que en las guerras los estrategas no suelen publicitar sus ataques y la idea coger al enemigo por sorpresa.

Salvo casos como el de Largo Caballero cuando se dirigió por radio al pueblo de Madrid: «¡Escu­chadme, camaradas! Mañana, veintinueve de octubre, al amane­cer, nuestra artillería, nuestros trenes blindados y nuestra avia­ción abrirán fuego contra el enemigo (…) en el momento del ataque aéreo, nuestros tanques van a lanzarse contra el enemigo por el lado más vulnerable sembrando el pánico en sus filas… ¡Ahora tenemos tanques y aviones, adelante, camaradas del fren­te, hijos heroicos del pueblo trabajador! ¡La victoria es nuestra!»

«No hay muchos precedentes en la historia militar de una muestra tan clara de incompetencia —comenta Jorge M. Rever­te— señalar al enemigo la fecha y la hora de una ofensiva y deta­llar, además, el armamento que se va a utilizar.»

(Véase “Una historia de la Guerra Civil que no va a gustara a nadie”, de Juan Eslava Galán, capítulo 21.)

Salvo

 

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